Es hora de hacer valer el cuidado

Hace menos de dos semanas se conmemoró el día de la mujer. En las redes sociales, en todos  los medios de comunicación, la gente opinó, felicitó, y recordó con orgullo y enardecida valoración a las mujeres y a su labor en el mundo. Las florerías se llenaron de clientes deseosos de reconocer a sus mujeres y los bombones, los cosméticos, los zapatos de tacos y las faldas fueron los regalos más elegidos en la “Semana de la mujer”.

Pasaron apenas dos semanas y la sociedad ya parece haber olvidado todo lo que antes celebró. ¿Nos cuestionamos seriamente el papel que se le da a la mujer hoy en día? ¿Por qué la violencia de género sigue siendo noticia a nivel mundial? ¿Cómo revertir esta triste situación?

Quisimos reflexionar sobre el tema y para ello hablamos con Verónica Garea, ingeniera nuclear, doctora en física y férrea defensora de los derechos de la lactancia y los derechos de la mujer.


El 8 de marzo se conmemoró el Día de la mujer. Conmemoración que busca reafirmar la plena participación, en condiciones de igualdad, de la mujer en la vida política, económica, social y cultural. ¿Qué tan lejos están las mujeres de encontrarse en dichas condiciones de igualdad respecto de los hombres?

Hombres y mujeres, a las claras, están en una situación de total desigualdad, aunque pueda sonar extraño en el siglo XXI. Hay países en los que todavía las mujeres no tenemos derechos políticos, ni tenemos derecho a la propiedad. Incluso en países que popularmente se los cree igualitarios se dan situaciones inverosímiles. En EEUU, por ejemplo, las mujeres no tienen licencia por maternidad como derecho, allí la licencia por maternidad no está garantizada por ley. En casi todos los países, y en casi todos los ámbitos, aún hoy, a la mujer se la conforma con lo mínimo.

¿Qué es el trabajo reproductivo?

Siempre lo cuento a modo de chiste. Mi mamá siempre fue mamá, toda su vida. Cada vez que tenía que llenar algún formulario respecto de su situación laboral, el único casillero que podía completar era el que sentenciaba “no trabaja”. Yo miraba a mi mamá y pensaba, si esto es no trabajar… ¡lo que será trabajar! El trabajo que se desempeña en el hogar es trabajo y debe reconocerse como tal.

Antes de la revolución industrial las unidades económicas eran las familias y el trabajo doméstico era parte intrínseca de la actividad productiva familiar. Luego, en el siglo XVIII, con la irrupción de la revolución industrial, el eje productivo se corre. A partir de entonces empieza a reconocerse como trabajo solamente lo que se hace fuera del entorno familiar de manera remunerada. Todo lo que ocurre dentro del hogar, empieza a ser visto como una especie de hobby.

En casi todos los países, y en casi todos los ámbitos, aún hoy, a la mujer se la conforma con lo mínimo.

El trabajo reproductivo, ese que millones de personas -mayormente mujeres- realizan cada día para sostener su hogar y su familia, reúne todas las condiciones para ser considerado un trabajo: si no se realiza hay consecuencias y es una labor necesaria para el funcionamiento de algo (en este caso para el funcionamiento del mundo, ya que si se deja de hacer el trabajo de cuidado, el mundo tal como lo conocemos no puede seguir funcionando).

Hay un cálculo hecho en EEUU que sirve a modo de ejemplo. Si nosotros definimos las tareas del trabajo reproductivo y hacemos una lista, asignándoles un valor horario, como se hace en los trabajos productivos, en un año las personas que desempeñan trabajos reproductivos ganarían más de US$ 100.000. El trabajo reproductivo es trabajo, pero para muchos es mejor que no se diga, que no se note.

En el campo del trabajo reproductivo, los cambios personales que buscan mejorar la situación son necesarios, pero no suficientes. Son importantes, sí, para lograr un cambio cultural, pero en mi opinión con eso solo no alcanza. Estamos hablando de una actividad que es fundamental para el desarrollo de una sociedad. Todo lo que significa y lo que rodea al trabajo reproductivo, no puede estar basado en sacrificios personales y nada más. Es demasiado. Si el beneficio de lo que significa el cuidado reproductivo lo disfruta la sociedad toda, pienso que el costo de ese mismo trabajo debería estar más repartido.

El trabajo reproductivo es trabajo, pero para muchos es mejor que no se diga, que no se note.

Corriéndonos hacia el trabajo productivo y mirando en retrospectiva, la situación de la mujer ha mejorado notablemente. ¿Qué nos queda por hacer?

Si miramos la historia, seguramente estamos mejor que ayer. Ha habido cambios positivos como la hora de lactancia, por ejemplo. Pero aún, solo por citar un ejemplo, se tiene una enorme deuda con las mujeres autónomas, quienes no tienen licencia por maternidad y no cobran si no trabajan, por lo que tienen que volver a la actividad productiva lo antes posible.

Todavía falta un tranco largo para mejorar, pero ya hay países que han avanzado mucho y a los que sería bueno imitar. Noruega es el país que tiene mejor política en lo que refiere a trabajo reproductivo y trabajo productivo. Noruega tiene 6 meses de licencia por maternidad y un 94% de tasa de lactancia exclusiva los 6 primeros meses. La lactancia tiene implicancias para la salud pública, o sea, la lactancia materna vale. Una población amamantada es más saludable y representa un impacto positivo para la salud pública. Noruega además tiene licencias parentales de un año o más que deben ser compartidas por los dos criadores. Además, Noruega tiene centros de cuidado a partir de los 3 años, que están lejos de ser depósitos de chicos. Noruega tiene también incentivos para que las profesiones tradicionalmente femeninas como ser la enfermería o la educación inicial sean estudiadas y ejercidas por hombres. Todo eso en conjunto valoriza las tareas de cuidado.

Si el beneficio de lo que significa el cuidado reproductivo lo disfruta la sociedad toda, pienso que el costo de ese mismo trabajo debería estar más repartido.

Es importante que prestemos atención a algo: si pensamos en las profesiones menos remuneradas, pensamos en profesiones tradicionalmente de mujer, como la docencia o el trabajo doméstico. Esto sucede porque las profesiones relacionadas con el cuidado se feminizan y, casi automáticamente, el salario cae. En medicina, por ejemplo, las especialidades más relacionadas con el cuidado como son la medicina familiar o la pediatría, ven caer el salario, mientras los hombres migran a las especialidades tecnológicas o más duras. Observemos a qué estamos asociando el cuidado. Lo que necesitamos de base es poner en valor el cuidado y el reconocer, realmente, que el trabajo reproductivo es un valor para la sociedad.

¿Cuánto tiene que ver la crianza con la categorización de lo femenino y lo masculino?

Muchísimo. Aprendemos jugando y a las nenas nos enseñan a jugar a la mamá, a la cocina, mientras que los nenes juegan a ser súper héroes. Hay mujeres que han estudiado este tema muy profundamente, una de ellas es Diana Maffía, quien realizó un trabajo sobre la falsa dicotomía entre hombres y mujeres que el feminismo busca quebrar desde la década del 80. En dicha investigación queda clarísimo que todo lo subjetivo, emocional e intuitivo está asociado con lo femenino, mientras que lo objetivo, lo racional y lo mecánico se asocia con lo masculino. Así que es fácil imaginar que las profesiones más lógicas o mecánicas estén asociadas con hombres, mientras que se espera que las mujeres que estudiemos psicología o docencia. Es muy profundo este asunto y está muy arraigado en lo cultural, pero es importante que nos esforcemos en desarticular estas falsas dicotomías. Tenemos que reconocer y también celebrar las diferencias entre hombres y mujeres y enriquecer cualquier profesión, no excluir a unos u otros.

Necesitamos poner en valor el cuidado y reconocer que el trabajo reproductivo es un valor para la sociedad.

La ley 26.485 define distintos tipos de violencia de género. Uno de ellos es la violencia simbólica que “alimenta a y se alimenta de la violencia mediática, que convierte a las mujeres en estereotipos, objetos sexuales o del morbo cuando se trata de víctimas de la violencia”. ¿Qué tan inmersos estamos en ella?

Muy inmersos, tanto que ni nos damos cuenta, lo naturalizamos completamente. Esta obsesión con el cuerpo, con mantener ciertos cánones de belleza, es muy delicada no solo para las adolescentes; las mujeres maduras hoy sienten una tremenda presión por ese “deber ser” siempre joven. El hecho de que en un programa de televisión siempre sea la mujer el objeto de un chiste -del que, por supuesto, ni se entera-, o sea el cuerpo que pasa en bikini, o el hecho de que todas las publicidades de electrodomésticos o productos de limpieza tengan una imagen de mujer, va creando una imagen mental de que las mujeres somos de tal o cual manera. La violencia simbólica y la violencia mediática son situaciones clave sobre lo que la mujer está viviendo hoy en día. Soy una firme defensora de que la corrección política es casi la única salida de esta encrucijada. Lamentablemente, creo que en Argentina aún estamos muy lejos, porque la violencia simbólica se considera algo de poca monta. Sin embargo, son estos detalles los que construyen la realidad que vemos cada día.

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