Los que nos vamos

los que nos vamos
La distancia del lugar de nacimiento trae consigo sentimientos y experiencias difíciles de poner en palabras

“Entras al bosque en el punto más oscuro, y no hay sendero.
Donde hay camino o sendero, es un sendero ajeno.
No estás en tu propio sendero.
Si sigues el camino de otro no realizarás tu potencial.”

Joseph Campbell

Acá no se trata de pros o contras, de qué es mejor o peor.  No se trata de juicios. No nos hace mejor, ni peor irnos. Ni siquiera nos hace distintos, excepto que esa elección haya sido en pos de tu proceso de individuación. Que te haya acercado un poco más a vos mismo. Esta es una faceta de las múltiples experiencias que existen, tantas como personas que se van.

Lo que trae en primer plano la distancia del lugar de nacimiento es la soledad.  Soledad por no estar con tus seres queridos y soledad por no hallarte en un lugar nuevo que, por más bonito que sea, excitante o novedoso lo que prevalece el primer tiempo es sentirse sapo de otro pozo. Dentro de los recovecos de la soledad descubrís que no sos imprescindible, por mucho que te quieran, que los quieras. Que la vida sigue para todos y que en definitiva uno se tiene a cada uno solamente y desde ahí se construyen puentes hacia los otros. Grandes puentes de amor. Amigos que están lejos, familias que están lejos, todo eso modifica la forma de relacionarnos también con los que están cerca. Es como si siempre hubiera un espacio o un tiempo, que nos distancia, algo secreto que no conocen, nuestra vida anterior.

Si la partida es luego de la secundaria, a estudiar a otro lugar porque el tuyo no ofrece lo que tu vocación te pide o alguna otra causa, los estados emocionales que se atraviesan a lo largo de los años son variables. En principio hay un anhelo por el volver, en vacaciones, unos días, el fin de semana largo, cuando se termine la carrera, volver. Volver a quienes dejamos lejos, a la cotidianeidad que perdimos, a encontrarnos con esa parte que quedó allá. Pero empezás a cambiar, más superficialmente que por dentro. Cosa necesaria para lograr adaptación al medio nuevo. Entonces surge un desconocimiento por parte de los tuyos, una extrañeza en eso en lo que te estás convirtiendo. Así el sentimiento de unión imaginario que tenías cada vez que volvías se pulveriza. Ya no sos de aquí, ni de allá. Algo difícil de procesar para ambas partes.

Y así repetitivamente cada vez que volvés, tus cambios se hacen más evidentes y a vos todo te parece más lento, estático. Quizás esta sensación de cambio venga de que, cuando nos vamos, nuestro mayor círculo social son personas de nuestra misma edad o sea muy cambiantes. Te dejás de rodear de personas mayores y sus cotidianeidades más pausadas. Cosa que claramente se equilibra a medida que crecés  y envejecés.

Es todo un desafío volver a hacernos conocer, a las personas que siempre nos conocieron.

El cotidiano del lugar donde partiste suele esperarte siempre con los brazos abiertos, casi como cuando eras niña. Pero el tuyo es abismalmente distinto. Entonces a uno le surgen ganas de que los tuyos viajen al lugar nuevo, que conozcan tu cotidiano, cómo te movés en el mundo nuevo, cuáles son los nuevos gustos, los nuevos miedos, los nuevos amigos, la nueva casa, que te vean crecida, con los retos del lugar nuevo, con tus ideas, que vivan donde ponés el corazón, el tiempo y tu vida todos los días. Quizás para recuperar algo de esa intimidad que los unió en algún momento y que queda escindida cada vez que viajamos, queda en el lugar nuevo, desconocido, secreto, solitario. Quizás no para que conozcan tu nuevo lugar, si no para que te conozcan un poco más a vos.

Es todo un desafío volver a hacernos conocer, a las personas que siempre nos conocieron y en su extrañar estiman que nunca cambiamos. Obviamente en el medio de esto, y depende la personalidad de cada uno, hay peleas, desentendimientos, resignaciones, llantos, silencios, pasadas de facturas de los que están acá a los que nos fuimos allá y viceversa, castigos mutuos, un montón de mecanismos infantiles que se activan ante lo desconocido y ante ese pequeño duelo que se activa cada vez que nos juntamos y nos volvemos a separar.

Si se logra trascender, aceptar estos pequeños duelos y entender que cada uno eligió el camino que quiso y pudo elegir, se produce un acercamiento, sabiendo que no otorga ni más facilidad irse ni quedarse, ni más comodidad irse ni quedarse, ni mayor valentía irse ni quedarse, que todo depende de lo que uno quiso hacer con su vida. Si hay aceptación, entonces suele lograrse un nuevo equilibrio, feliz del reencuentro, tratando de generar escucha a lo distinto y a lo igual, tanto adentro de uno como afuera, acompañando la cotidianeidad de cada uno como se pueda a la distancia y generando la mayor intimidad que se pueda,  sabiendo que el que se va, como los que se quedan cargan cada uno con su cuota distinta de cruz y de bendición.

Si la intención es sobrevivir lejos de casa, es necesario armar una red, abrirse a ese mundo nuevo, conocer personas, relacionarse activamente: nadie va a venir a tocar tu puerta para invitarte a tomar algo. No sos nadie. Nadie te conoce. Primero hay que salir al mundo y tener mucha capacidad adaptativa. Observación para entender las reglas, códigos y costumbres del lugar y paciencia para internalizarlos.

También es necesario liberarse del sentimiento de traición. Es un sentimiento debajo del extrañar a veces difícil de detectar y que lleva tiempo sacarse de adentro, porque es algo arquetípico. Traición a las tradiciones que ya no seguís, excepto cuando volvés al lugar natal. Traición por no desear volver. Traición por no elegir quizás lo que la mayoría eligió. Traición por pensar distinto y por haber dejado que el nuevo lugar te moldeara un poco. Traición por vacacionar en otro lugar que no sea el natal. Traición por elegir otro modo de vida que nada tiene que ver a la vista de los que se quedaron con el que dejaste atrás. A veces en el silencio sólo vos sabés  que intentás convocar una y otra vez en las intenciones y el corazón que le ponés a las cosas que hacés, lo que te rodeó cuando fuiste pequeña. A veces este sentimiento de traición ancestral se trasciende, sintiendo que uno merece la vida que se construye en función de su deseo, y eso no es traicionar a nadie. Es ejercer la libertad para la cual fuimos creados.

Si la intención es sobrevivir lejos de casa, es necesario armar una red, abrirse a ese mundo nuevo, conocer personas, relacionarse activamente: nadie va a venir a tocar tu puerta para invitarte a tomar algo.

Y así … lentamente y en el mejor de los casos, el extrañar se vuelve costumbre. Se incorpora como un estado de ánimo de fondo, que si uno lo permite cada tanto se siente en los huesos y amerita unas cuantas lágrimas, desde las entrañas. Uno anda viviendo y extrañando. No todo el tiempo, porque sino se haría difícil sobrellevar el día a día y construir futuro en donde decidió radicarse. Y de golpe con el paso de los años y cuando la adaptación al nuevo lugar ya fluye, te encontrás buscando lo que dejaste atrás en el lugar nuevo. Sea un pedazo de cielo, de verde, la cocina casera, las recetas de mamá, amando los cuchillos como papá, poniendo fotos, sacando los libros de la niñez, usando lo que tus hermanos te regalaron para los 15, haciendo sonar la cajita de música amarilla que te regalaron de muy  pequeña, leyendo las cartas que te mandaste con tu amiga de la secundaria o con tu prima de Centenario. Te encontrás, cuanto más pasa el tiempo, más seguido buscándolos por todos lados y erigiendo pequeños altares de recuerdos.

Con el tiempo entendés que uno es solamente donde puede estar. Cuando se está aquí, se es de aquí y cuando se está allá se es de allá. Porque uno se reencuentra con esos pedacitos de corazón que deja dispersos a la distancia cuando abraza la gente que ama.  Y uno está donde está el corazón.

Lic. Paula Perticone

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Información del Autor

Transmutar. Una de mis palabras favoritas define bastante bien mi diferencial profesional. El arte de mutar, generando una versión más saludable, creativa y consciente de las personas u organizaciones, permitiendo la continua actualización de sus potenciales internos y externos. Actualmente me capacito en Desarrollo Organizacional (ITBA) para dar orientación, profesionalismo e integración a mi práctica cotidiana, profundizando mi trabajo como agente transmutador dentro de las organizaciones. Mi vida académica recorrió varios caminos y lo sigue haciendo. Me guía la obra de Carl Jung en mi profesión como Psicóloga Clínica con mis pacientes. Me capacité como Coach Ontológico para ofrecer herramientas que permitan dar el salto de lo actual a la concreción del estado deseado. Además me especialicé en Medicina Ayurveda complementando mi práctica personal de meditación, yoga y fitoterapia para brindar a mis pacientes y clientes una mirada holística sobre sí mismos. Estoy convencida que sólo transformándome a mí misma puedo ser consciente de lo cuidadoso, meticuloso y amoroso que debe ser guiar, promover e implementar un proceso de cambio, sea dentro de una individualidad como de una organización. Amo los viajes, los amigos, la naturaleza y la luna; tengo un alma inquieta que busca experiencias que posibiliten ampliar mi forma de ver, para descubrir los distintos mundos que habitan en cada persona. Amo escribir y difundir ideas que permitan abrir caminos en los demás. http://www.revistaahora.com.ar/ En Facebook: @paulaperticonepsi En LinkedIn: www.linkedin.com/in/paula-perticone