Domesticar nuestra mente para una vida más consciente

domesticar nuestra mente
Cada persona percibe el mundo desde sus propios filtros mentales aprendidos a lo largo de toda su vida. La buena noticia es que esos filtros se pueden cambiar.

¿Cómo puede suceder que ante eventos similares una persona se ría, otra llore, mientras que una tercera permanezca completamente indiferente ante lo que acontece?

Esto se debe a que cada persona percibe el mundo desde sus propios filtros mentales y condicionamientos aprendidos a lo largo de toda su vida, a través de lo que le inculcó su familia, la escuela y la sociedad en general. Así, la percepción que cada persona tenga de la realidad será el resultado de una combinación entre lo aprendido y su temperamento de base, que va dando forma a nuestro mundo interno.

De esta modo, la realidad que vemos y la respuesta que damos a esa realidad está basada en nuestro medio ambiente interno, no en los eventos externos en sí mismos, que son absolutamente “neutros”. El mundo que percibimos es una absoluta proyección de nuestra mente, si tendemos a desvalorizarnos a nosotros mismos, veremos alrededor destrato, maltrato y humillación. Si pensamos que no se puede confiar en nadie, filtraremos todos los eventos externos que fomenten nuestra desconfianza. Nuestra realidad externa espeja nuestra realidad interna.

Nuestra realidad externa espeja nuestra realidad interna.

Así es que…. si lo que vemos no nos gusta, debemos cambiar las lentes a través de las cuales miramos el mundo. ¡Pero nos cuesta mucho aceptar lo que es! Muchas veces nos empeñamos en intentar cambiar lo que no está a nuestro alcance y pasamos de largo el trabajo con nuestra mente.

Pero…no tardaremos demasiado tiempo en darnos cuenta de que querer cambiar a los demás es misión imposible y un enorme desgaste de energía ¡Y por suerte que es así! ¡Si es que apenas podemos con nosotros mismos!

Lo saludable es cambiar la manera a través de la cual miramos el exterior, y esto podemos hacerlo si trabajamos en profundidad con nuestra mente. Si sabemos cómo funciona, podemos aprender a serenarla y estabilizarla. Sin embargo, a muchos nos ha faltado este tipo de enseñanza. No fue materia importante en las escuelas, tampoco nuestros padres pueden educarnos en lo que no han sido enseñados. Recién ahora aparecen atisbos incipientes de educación emocional y esto es sin duda una buena noticia. Sin embargo, tenemos generaciones enteras de completa ceguera emocional.

A esta ceguera emocional podemos dividirla en tres grupos de personas:

  • Aquellas personas que están absolutamente dominadas por sus emociones y actúan sin pensar.
  • Otras, que invierten enorme cantidad de energía reprimiendo sus emociones porque temen consecuencias catastróficas si expresarán sus enojos, frustraciones y decepciones.
  • Y un tercer grupo, que con tal de no aceptar sus emociones como propias, las proyectan en otras personas y juzgan en los demás lo que en verdad les cuesta aceptar en sí mismos.

Cuando estamos obnubilados por estos vericuetos emocionales, olvidamos que las emociones y sentimientos son excelentes mensajeros de nuestro mundo interno. El enojo, el miedo, la felicidad, la tristeza, la depresión así como los sentimientos de incomodidad e insatisfacción nos proveen de información acerca de la naturaleza cambiante de nuestro mundo interno y externo.

¿Cómo aprovechar nuestras emociones para nuestro proceso de crecimiento personal? ¿Cómo lograr que en lugar de arrebatarnos sean brújulas internas que nos orienten ante cada paso que damos?

Lo primero que debemos hacer cuando sentimos una emoción es reconocerlas y darle legitimidad sin juzgarla como buena o mala. Cuando ponemos nuestra atención en resistirlas o refutarlas, no disponemos de la capacidad de observación para auto-indagar en la naturaleza de nuestra consciencia, allí donde la emoción se despliega.

En cambio, cuando la atención no está secuestrada en pelear con lo que nos pasa o buscar tener razón, naturalmente se torna en auto-indagación. Y esto es lo segundo que debemos hacer luego de reconocer y legitimar lo que sentimos. Podemos entonces, reflexionar y preguntarnos ¿Esto que siento que dice acerca de mí y de mis vínculos? ¿Qué preciso trabajar? ¿Qué decisiones necesito tomar?

Pausar, es muy importante en el trabajo con nuestro mundo emocional. Propicia un estado que nos ayuda a reconocer, comprender y trabajar con nuestras emociones para luego movernos más allá de ellas y pasar a una acción congruente y consciente en lugar de responder automáticamente.

En las tradiciones de sabiduría oriental a esta actitud contemplativa se le llama atestiguar, y es el paso que conjuntamente hacemos al momento de auto-indagarnos, respecto de lo que nos pasa y cómo nos pasa.

La pregunta que puede surgir es ¿atestiguar qué? la respuesta es: todo aquello que acontece en nuestra mente, con una actitud ecuánime y amorosa.

Nuestra mente es como la corriente de un río sobre el que flotan y se desplazan infinidad de cosas. Si observamos su cauce, veremos pasar troncos, hojas, residuos. Del mismo modo, en el fluir constante de nuestra consciencia acontecen pensamientos, sentimiento, emociones y recuerdos que siguen su curso si solo los contemplamos, en lugar de querer atraparlos en las redes de nuestra perturbada mente.

Pausar, es muy importante en el trabajo con nuestro mundo emocional. Propicia un estado que nos ayuda a reconocer, comprender y trabajar con nuestras emociones para luego movernos más allá de ellas y pasar a una acción congruente y consciente en lugar de responder automáticamente.

El trabajo con nuestra mente se parece mucho a la metáfora de un río en constante movimiento. Nuestra mente es como una corriente sobre la cual acontecen infinidad de contenidos permanentemente cambiantes y absolutamente transitorios. La mayoría de los seres humanos se sienten ahogados en esta marea mental, muchos nadan contracorriente, otros se dejan llevar, hay quienes se agarran de algún tronco, y quienes se van al fondo porque ya no tienen más fuerza para seguir braceando en medio de tanta agitación.

La persona que trabaja sobre sí misma, que comienza a indagar su mente y sus contenidos es aquella que nada hasta la orilla en lugar de seguir avanzando en la correntada. Desde la costa atestigua y toma nota de todo lo que flota en la marea de consciencia, sin apegarse a nada. Entendiendo que todo pasa, nada permanece ni queda en el mismo lugar.

Esta posición distante facilita además, una perspectiva más extensa y amplia. Así veremos que hay enojo pero también compasión, hay tristeza y también gratitud, hay insatisfacción y también contento. ¿Recuerdan el que se agarraba al tronco? Así actuamos cuando nos apegamos al enojo o cualquier otra emoción. Esa emoción que podría pasar si sigue su curso natural, sigue estando porque somos nosotros quienes nos agarramos y apegamos a este enfado. Así, en lugar de observarlo en nosotros, empezamos a encontrar argumentos que lo justifiquen, a sacar conclusiones, a ponerle aderezos de venganza, de irritabilidad y algún que otro recuerdo y asociación que lo ensalce. ¿Consecuencia? quedamos atrapados en él por más tiempo del necesario. Lo que entonces fue la causa de un dolor inevitable se transforma en un sufrimiento evitable cuando lo “inflamos” con diálogos internos incesantes y negativos.

El trabajo sobre sí nos permite ir instalando una brecha de tiempo y espacio entre la toma de consciencia de lo que sentimos y la acción que resulta.

Lo inteligente en cambio, es dejar que esa emoción siga su curso natural, de ascenso, cúspide y descenso. Toda emoción, pensamiento o contenido de mente tiene un momento de inicio, llega a su máxima intensidad y luego decae para dar lugar a lo próximo que viene. Todo lo que sentimos, pensamos y experimentamos es definitivamente cambiante. Si no cambia es porque nosotros obstruimos su recorrido y nos quedamos fijados en lo que sentimos o pensamos. Cuando eso sucede, nos identificamos (fijamos identidad) en el enojo, en la tristeza, en nuestra infancia, en la ansiedad de lo que vendrá y terminamos sufriendo demás.

Cuando desde esa total identificación actuamos poseídos por lo que sentimos o pensamos, las acciones terminan siendo exageradas, desmedidas y arrebatadas. Las consecuencias de actuar desde esa ceguera emocional y cognitiva nunca son buenas. Llegará a posterior el turno del arrepentimiento, de la culpa, de reparar el daño que hemos generado a otro ser humano y a nosotros mismos. Sumado además, al sabor amargo que sentimos por no habernos podido controlar.

El trabajo sobre sí nos permite ir instalando una brecha de tiempo y espacio entre la toma de consciencia de lo que sentimos y la acción que resulta. En ese intervalo, le damos tiempo a la emoción para que se estabilice y podemos pensar cual es la acción más apropiada para cada circunstancia.

Atestiguar todo lo que nos pasa y sentimos tal cuál es, nos permite comprender. Esta comprensión nos trae un insight acerca de lo que necesitamos que suceda para que el cambio ocurra. Lo que da como resultado la percepción de la acción correcta.

Tenemos entonces dos opciones de comportamientos con destinos muy distintos:

1- Atestiguar, nos conduce…

al reconocimiento de lo que es, lo cual conduce…

a una correcta comprensión, lo cual conduce…

a un insight, lo cual conduce…

a una correcta percepción, lo cual conduce…

a una correcta acción.

2- La identificación con lo que nos pasa, nos conduce…

a la inhabilidad para reconocer lo que es, lo cual conduce…

al dolor y la insatisfacción, lo cual conduce…

a la desarmonía, lo cual conduce…

a la acción incorrecta.

Las vidas de dos personas serán muy distintas según tomen uno u otro sendero. Aquello que llamamos destino en verdad no lo es. Pues las manifestaciones en nuestras vidas sin lugar a dudas serán consecuencia directa del grado de consciencia con el que vayamos transitando. No es destino ni mala suerte terminar siempre en relaciones que nos hacen doler, no es destino ni mala suerte dejar siempre lo que empecé, estar tristes infinitamente, enfermarnos siempre, no avanzar en el trabajo, no animarnos a lo que deseamos.

Cuando conocemos nuestros mecanismos internos, cuando logramos atestiguar lo que nos pasa y lo que sentimos, podemos entonces domesticar nuestra mente para que las tomas de decisiones y acciones que emerjan sean beneficiosas para nosotros y para quienes nos rodean.

Una mente sana es una mente serena. Una mente serena es una mente lúcida. Una mente lúcida se rebela en una acción correcta y la suma de acciones correctas dan como resultado una vida consciente, un vida de ética.

Así que recuerden, ante la pregunta ¿Cómo domesticar la mente para vivir una vida más conscientes?

1- Reconocer sin juzgar los que nos pasa.

2- Auto-indagar.

3- Atestiguar sin apegarse.

4- Acción lúcida y consciente, fruto de este registro interior.

Y lo más importante… practicar, practicar, practicar y hacer de esto un hábito cotidiano.

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Información del Autor

De nombre Corina Valdano, de profesión psicóloga y de vocación ayudar a las personas a conocerse y realizarse a sí misma. Escritora, apasionada, curiosa y emprendedora. Amante de las tradiciones de sabiduría oriental, entendidas como psicologías milenarias que nos proveen herramientas muy útiles para trabajar con nuestra mente en la vida cotidiana. Especialista en Psicología Transpersonal y Cognitiva. Con posgrados en Neurociencias, Eneagrama, Bioneuroemoción e Inteligencia Emocional. Amante de los viajes. Tanto es así que hace un año y medio tomamos la decisión con mi marido y mi hijo de salir a recorrer el mundo y ser una familia nómade digital. Desde entonces mi consultorio trasciende fronteras siendo una terapeuta online que trabaja con personas de todas partes del mundo. Después de leer bibliotecas enteras aprendí que “saber” viene de “sabor” y que saborear la vida es el requisito fundamental para entrenarnos en ser felices. Entiendo que la Autoobservación y el Trabajo sobre si son el equipaje más importante para el viaje más desafiante que todos los seres humanos estamos llamados a hacer: conocernos a nosotros mismos para aprender a gestionarnos. Autorrealizarnos y encontrar un sentido es fruto de bucear en las profundidades de nosotros mismos para expresar nuestros dones y talentos más genuinos. Me apasiona difundir una psicología práctica, cotidiana y dinámica, que comprende la complejidad del ser humano en todas sus dimensiones mente, cuerpo y espíritu. Que alienta a vivir las propias experiencias desde un enfoque protagonista y no como víctima. Acompañando a asumir el coraje de pasar del ¿por qué? al ¿para qué? de cada vivencia que nos toca vivir. Cómo afrontamos aquello que nos pasa es siempre una ocasión para desplegar nuestra conciencia que viene a evolucionar en esta experiencia humana. Email: [email protected] Facebook: Psicóloga Corina Valdano Corina Valdano Corina Valdano Segundo Muro Audios en Ivoox: Corina Valdano - “Desplegar Conciencia”