Podar el cerebro (I)

poda sináptica
En la infancia, a nivel neurológico, ocurre algo determinante: la poda sináptica. Como adultos debemos aprender a acompañar a los niños en este proceso que los marcará de por vida.

Como lo vimos anteriormente, el cerebro es plástico, de esto habla ese término que, técnicamente, conocemos como neuroplasticidad. Y si bien a lo largo de toda la vida va modificando sus conexiones internas, aquellas que, aunque en gran parte aún invisibles para las tecnologías con las que contamos, existen dos momentos en los que su forma percibe grandes modificaciones.

Nuestro cerebro, a poco de nacer, está compuesto por unas 100 mil millones de neuronas, conectándose cada una de ellas con 2.500 más. El cableado está tendido en sobreoferta hasta los 2 o 3 años, alcanzando hasta 15 mil conexiones por cada neurona. Al final de ese período comienza la primera poda sináptica… varios años después, ya de adultos el número de neuronas baja a 85 mil millones.

Si bien las neuronas establecen conexiones antes del nacimiento, el número de sinapsis en el primer año de vida se incrementa de manera asombrosa, pudiendo tener casi el doble que un adulto. Pero este crecimiento tiene un límite, un cierre que llamamos poda sináptica. Se trata de un proceso regulador fisiológico que, en condiciones normales, elimina aquellas conexiones neuronales que vienen siendo poco utilizadas, dañadas o ineficientes a fines de fortalecer las vías que sí resultan útiles y dejar un margen que asegure la disponibilidad para generar nuevas conexiones importantes. Y en la infancia se realiza a gran escala, eliminando aquello que supone un exceso. La poda representa entonces el efecto del aprendizaje, un proceso delicado y complejo en el que intervienen tanto factores biológicos como sociales.

La poda sináptica representa el resultado de un aprendizaje cooperativo, dado que nadie aprende solo sino guiado por aquellas figuras representativas con las que el niño traba los vínculos más fuertes.

El cambio del cerebro en los primeros años de vida es fundamental, dado que allí se guardan las rutas neurales que más se usan, descartándose aquellas que no han sido reforzadas por las experiencias.

Del mismo modo que un jardinero comienza a trabajar en el jardín, podando todo aquello que no sirve o estéticamente queda fuera de lugar, el cerebro empieza a quitar aquellas sinapsis que no tienen utilidad. Sólo en el menor de los casos este recorte implica la muerte de una neurona, dado que su base es la retracción de las conexiones que no son eficientes. A partir de los 3 años se pierden alrededor de 20 mil millones de conexiones por día, prolongándose este trabajo, aunque con menor magnitud, hasta la adolescencia… momento de otra gran poda.

Podrás notar que el cambio del cerebro en los primeros años de vida es fundamental, dado que allí se guardan las rutas neurales que más se usan, descartándose aquellas que no han sido reforzadas por las experiencias. La influencia del ambiente sobre este proceso biológico es inmensa, y el punto más importante se da en las relaciones interpersonales. Allí, simplemente relacionándose, se van generando las experiencias que modelarán el jardín. La inteligencia emocional, ubicando aquí tanto la intrapersonal como la interpersonal, hace sus cimientos en esta etapa. Aquí hace falta amor, respeto, sensibilidad, disponibilidad, contención, buenos tratos: es la única receta. La indiferencia, la soledad, los golpes o el destrato no pueden ser nunca la vía para una poda que oriente al sistema en el trazado de una autoestima sólida, del desarrollo de recursos para mirar a los demás y respetarlos, del armado de recursos para encontrar un sentido en la vida y ser feliz… También en esta etapa comienzan a modelarse las otras inteligencias, ya sea lingüístico verbal, lógico matemática, musical, corporal cinestésica…

Por esto es mejor que revisemos de qué manera acompañamos a los niños en este trabajo de poda que los marcará de por vida. Quizás ellos no lo sepan pero, nosotros, ahora sí.


Texto extraído de “Un juguete llamado mente 2” y modificado.

Lucas Raspall (2018). Un juguete llamado mente 2. Rosario: Editorial Homo Sapiens.

 

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Información del Autor

Mi nombre es Lucas Raspall. A veces soy médico, otras veces psiquiatra. Muchas veces soy psicoterapeuta o acupuntor. Con mucho descaro soy músico, pintor y, por qué no, escritor. Soy estudiante, profesor universitario y de posgrados, conferencista y divulgador. Soy un espectador privilegiado de mi propia mente e investigador incansable de sus laberintos. Soy experto en nada y confeso principiante en todo. Soy hijo, hermano y padre, por esto, soy niño y adulto. Soy marido de la mujer que amo y novio eterno de la vida. En definitiva, soy una persona: nada más que un millar de caras, cambiando a cada rato. CV abreviado: -Médico Psiquiatra (UNR). -Psicoterapeuta Cognitivo Posracionalista (CETEPO – UCA). -Especialista en Psicoterapia Zen (AAPZ). -Acupuntor (SAA, IAMTC). -Psiconeurocupuntor (AEPNA). -Profesor (UCALP). -Docente universitario (UAI, UCALP, IUGR). -Docente invitado en cursos de posgrado y maestría (UNL, UNR). Publicaciones del autor: -Neurociencias para educadores (Homo Sapiens, 2017). -Un juguete llamado mente (UNR Editorial, 2016). -Cuánticamente. Redes enredadas (UNR Editorial, 2014). Y cuatro libros más.