Pensar menos, sentir más

sentir mas
Los que pensamos demasiado las cosas antes de hacerlas tenemos un perfil especial: a veces somos indecisos, no sabemos bien qué hacer y cómo, y la mayoría de las veces terminamos no haciendo nada.

Hace poco me encontraba armado la lista de objetivos y metas 2018, teniendo en cuenta el asunto de los nuevos propósitos, más reales y ajustados a lo que realmente quiero hacer ahora. Este tema viene siendo recurrente, -podrá comprobarlo el lector que haya seguido mis últimas notas-. La cuestión es que, llegado el momento, me puse a anotar una serie de actividades para realizar este año, pero en el medio de la confección de dicha lista se me ocurrió agregar algunos ítems que no son precisamente actividades –como lo son viajar, aprender italiano, saltar en paracaídas- sino que se trata de acciones a implementar en la vida cotidiana, que tienen más que ver con las emociones, sentimientos y pensamientos que luego se convierten en conductas o actitudes que tenemos.

Armando la lista me doy cuenta que, al menos en mi caso particular, hay un punto específico que quiero trabajar este año: Pensar menos. Porque resulta que soy de las personas que todo lo analiza diez millones de veces, pienso mucho antes de tomar una decisión, antes de saltar. Creo que es porque me gusta sentir que tengo todo bajo control, pero eso es imposible, y la vida siempre se ha encargado de decírmelo. He hablado de esto con mis allegados, amigas, familia, y me he dado cuenta que no soy la única a la que le afecta este punto. Los que pensamos demasiado las cosas antes de hacerlas tenemos un perfil especial: a veces somos indecisos, -justamente porque nos quedamos en las ideas-, no sabemos bien qué hacer y cómo, y la mayoría de las veces terminamos no haciendo nada, cambiando el plan o perdiendo la posibilidad de realizar algo porque se nos pasó el tiempo y no conseguimos lo que necesitábamos para lograrlo -por ejemplo cuando demore mucho en decidir si hacer o no un viaje y para cuando me decidí no conseguí  pasajes o lugar para parar porque ya no había nada disponible-.

También me doy cuenta que pensar tanto las cosas antes de realizarlas hace que el cerebro tome demasiado protagonismo, dejando de lado los sentimientos o las intuiciones, lo que nos dicta el corazón. A veces pasa que nuestro instinto nos dice que hagamos algo, y no lo seguimos o no escuchamos nuestras “corazonadas”. Creo que eso puede llevarnos a demorar demasiado en actuar y a cometer errores, que no está mal, tampoco pasa nada, pero luego de equivocarnos una voz interna nos susurra: “te lo dije”. Y medio que me cansé de escuchar ese susurro, así que este año me propuse lo siguiente: Pensar menos y sentir más. Dejar de darle tantas vueltas a los asuntos, y animarme a más, disfrutar más, ponerle otro espíritu a la vida, que al final termina pasando frente a nuestras narices mientras la observamos como quien mira un desfile. No, basta, cortemos con tanta vuelta de cabeza. De última si cometemos un error ¿Cuál hay? Nadie es perfecto. Tampoco digo que nos tiremos al vacío o a la pileta sabiendo que no hay agua, pero quizá hay un pequeño charco esperándonos, y desde la altura de nuestro cerebro no lo podemos ver, y eso nos hace dudar.

Conclusión…

Siendo este el momento de revisar todo lo que sucede a mi alrededor, propongo como ejercicio que lo hagamos juntos. Tomemos un papel y lápiz y empecemos a desandar el camino, a revisar aquellas actitudes nuestras que no nos llevan a ninguna parte y que desearíamos cambiar, nos animemos a producir transformaciones en nuestro ser y nuestro entorno.  Muchas veces hace falta, solo hay que animarse a remover un poco el interior de lo que somos. Y así como nos deshacemos de la ropa que ya no nos entra cuando crecemos, o de los objetos que ya no usamos porque no los necesitamos más, tratemos de hacer lo propio con aquellas “cosas” personales que no nos están ayudando a crecer, que no nos dejan avanzar. Cada uno podrá ver desde su perspectiva personal cuales son.

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Información del Autor

Noelia Garola es Lic. en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba, donde además realizó cursos de posgrado en Gestión de emprendimientos culturales y creativos y una Diplomatura en Recursos Humanos, además de capacitaciones y talleres sobre redacción para medios de comunicación digitales. Apasionada del teatro, las letras y la buena cocina, descubrió en el yoga un aliado para el camino de la vida, en la búsqueda de la armonía entre cuerpo, mente y espíritu. Actualmente se desempeña como docente de nivel superior y dicta talleres sobre comunicación corporal, donde pone especial énfasis en la importancia de escucharse a uno mismo y sentir lo que dice el cuerpo. Podes contactarte con ella a través de LinkedIn.