Vínculos primarios: las primeras páginas de nuestra historia

vínculos primarios
Desde chicos escribimos un cuento, el nuestro. No es exagerado decir que las primeras páginas, aunque nunca recordadas, son aquellas que se escriben instantes después de nuestra concepción.

Desde chicos escribimos un cuento, el nuestro. Y cuando digo desde chicos, me refiero a la más tierna infancia, no sólo cuando todavía no sabemos escribir, sino incluso cuando no sabemos hablar. No es exagerado decir que las primeras páginas, aunque nunca recordadas, son aquellas que se escriben instantes después de que el espermatozoide ganador en la carrera (uno solito de los millones de competidores) haya dado con ese óvulo que, muy pancho en su casa, esperaba a su príncipe azul. Meses después, los capítulos más importantes: en los primeros años de vida se escriben quizás las páginas que más condicionan la trama del cuento, historia que no se termina sino el último día.

Este cuento es tu historia, esta historia revela tu identidad, y tu identidad, incluye tu visión sobre el mundo que habitás y la realidad que vivís. Tu cuento, entonces, atraviesa tu forma de mirar y aprender.

Tu cuento, entonces, atraviesa tu forma de mirar y aprender.

¿Sabés cuál es la estructura sobre la que se montan los primeros capítulos? El vínculo primario. Y esto es así no por capricho, sino por necesidad. Y la naturaleza lo supo leer, por lo que trabajó duramente para diseñar un mecanismo de vinculación efectivo (sería ideal que leas la anterior publicación: “¿Qué es la teoría de la mente?”). Ya en la panza, el vínculo se hace explícito en ese cordón que une un corazón con el otro, cruzando la frontera tanto el oxígeno como los alimentos, sin ninguna restricción. Si algo detiene el paso de mercancías, el problema será sencillamente letal, ni más, ni menos. Pero también luego, cuando el niño comienza a respirar por sus propios medios de este lado del mundo, una adecuada vinculación del bebé con sus cuidadores es una exigencia. Es que sin su protección y cuidado, su supervivencia sería imposible. El bebé humano no tiene chance de sobrevivir sin sus padres o quienes ocupen su rol. Luego, de cachorro las chances son apenas mayores, siendo presa fácil de cualquier depredador o carne de cañón para cometer errores que lo lleven, en definitiva, a no lograr su adaptación y supervivencia. Por esto y para esto, la evolución se encargó de especializar al cerebro en este tema del vínculo, dotándolo de una notable capacidad para coordinarse con el otro, haciéndolo experto en las relaciones interpersonales. Te cuento que alcanzar esta maestría le llevó miles de años, no fue un cursito acelerado de seis meses… Pero saber vincularse no es sólo una exigencia del bebé o del niño, en torno a las relaciones interpersonales gira también la vida del joven y del adulto. Si bien de niño las relaciones más relevantes, casi excluyentes, son aquellas que se tienen con los padres, luego este foco se pasa al grupo de pares, la pareja, los hijos… y sigue girando la rueda. En definitiva, a pesar de tener los recursos para arreglárnoslas solos, de una manera u otra, siempre estamos relacionándonos, formando vínculos y, muchas veces, también rompiéndolos. ¡Somos bichos sociales!

Una adecuada vinculación del bebé con sus cuidadores es una exigencia. Es que sin su protección y cuidado, su supervivencia sería imposible.

Dotar al cerebro de la capacidad de vincularse no fue un capricho de la naturaleza, sino una necesidad. No pasemos nosotros por alto esta sabia sugerencia de la evolución: no hay tesoro más importante que el de aprender a relacionarse.

 Como te lo contaba al inicio, la cosa arranca desde el embarazo. El bebé que crece en la panza está expuesto a las experiencias que vive la madre: no es lo mismo un embarazo tranquilo y feliz que uno cargado de ansiedad o preocupaciones. El estrés durante el embarazo, cualquiera sea la causa que lo origine, tiene el poder de dejar una marca en el desarrollo del niño, generando tendencias que pueden torcer ciertos caminos epigenéticos. En criollo: los factores ambientales intervienen sobre la expresión de los genes, modificando la actividad del ADN (aunque sin alterar la secuencia de nucleótidos): esto hace que los genes se expresen o manifiesten de una manera u otra. Esta sensibilidad ya existe desde la panza; el vínculo del niño con su madre influye desde el minuto cero. Podría ser algo así como el prólogo del libro, dejando reservado el capítulo uno para el parto.

Continuará…


Texto extraído de “Neurociencias para Educadores” y modificado.

Lucas Raspall (2017). Neurociencias para Educadores. Rosario: Editorial Homo Sapiens.

 

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Información del Autor

Mi nombre es Lucas Raspall. A veces soy médico, otras veces psiquiatra. Muchas veces soy psicoterapeuta o acupuntor. Con mucho descaro soy músico, pintor y, por qué no, escritor. Soy estudiante, profesor universitario y de posgrados, conferencista y divulgador. Soy un espectador privilegiado de mi propia mente e investigador incansable de sus laberintos. Soy experto en nada y confeso principiante en todo. Soy hijo, hermano y padre, por esto, soy niño y adulto. Soy marido de la mujer que amo y novio eterno de la vida. En definitiva, soy una persona: nada más que un millar de caras, cambiando a cada rato. CV abreviado: -Médico Psiquiatra (UNR). -Psicoterapeuta Cognitivo Posracionalista (CETEPO – UCA). -Especialista en Psicoterapia Zen (AAPZ). -Acupuntor (SAA, IAMTC). -Psiconeurocupuntor (AEPNA). -Profesor (UCALP). -Docente universitario (UAI, UCALP, IUGR). -Docente invitado en cursos de posgrado y maestría (UNL, UNR). Publicaciones del autor: -Neurociencias para educadores (Homo Sapiens, 2017). -Un juguete llamado mente (UNR Editorial, 2016). -Cuánticamente. Redes enredadas (UNR Editorial, 2014). Y cuatro libros más.