La perseverancia equivocada

Tenacidad, constancia, perseverancia… Una cualidad sin la cual ningún camino es posible. Sin embargo, así como tomar la sopa con un tenedor implicará, obviamente, la elección de un utensilio equivocado, la perseverancia aplicada para fines erróneos nos traerá muchos problemas. Tantos como si estuviésemos días y días procurando “pescar” la sopa, escurriéndose entre los huecos de la pequeña horquilla.


En el Taoísmo se le llama “perseverar en el error”: quedarnos de más en el lugar de donde hubiera sido mejor habernos ido… Proseguir con insistencia un vínculo que no es bueno para nosotros… Obstinadamente seguir intentando aquello que la realidad nos muestra como inviable… Continuar exponiéndonos ante aquello que nos injuria… Alimentarnos de lo que nos intoxica (en cualquier plano que sea) sin plantearnos la necesidad de cambiar la dieta (de comida, de personas, de cualquier cosa que elijamos).

Sí, sí… ya sé: ¿cómo saber cuándo debemos insistir hasta que algo “funcione” (una relación, la concreción de un anhelo, la finalización de un proyecto…)? Eso debe estar claramente detallado en el Manual de Instrucciones para la vida; el problema es que, hasta ahora, ¡nadie ha podido hallarlo! (Al menos no yo.) O sea: la experiencia misma nos muestra que estábamos, finalmente, “perseverando en el error”. Entonces… ¿para qué sirve plantear este tema, si no podemos prever cuándo nos está sucediendo? A mí me ha servido el sólo hecho de saberlo para, en medio de mi obstinación -a veces rayana en la terquedad-, levantar la frente, mirar hacia donde no estaba mirando, y hacerme la pregunta: “¿Estaré perseverando en el error?”. Muchas veces, poner en duda el criterio al que estamos aferrados nos muestra la posibilidad de que nuestra actitud sea tan poco asertiva como tomar la sopa con tenedor.

En la Psicología Budista se le llama “desarrollar una mente inquisitiva”: abrir la estrechez cotidiana en la que nos movemos aplicando las bondades de esa otra herramienta maravillosa que es la pregunta. “¿De qué otro modo podría verse esto que yo desde hace tanto tiempo lo veo de esta única manera?” “Dado que esto no va ni para atrás ni para adelante, ¿será tiempo de dejar de hacer lo que he venido haciendo con insistencia?” “¿Es mi responsabilidad insistir en que esto suceda, o estoy jugando una pulseada contra los hechos evidentes?”. O, por el contrario: “¿Será que insistir en que el otro resuelva lo que no resuelve es ocupar un lugar equivocado, y quien tiene que resolver soy yo?” (Dicho sea de paso, un buen terapeuta suele ser aquél que acompaña a su paciente a hacerse las preguntas adecuadas.)

Muchas veces, poner en duda el criterio al que estamos aferrados nos muestra la posibilidad de que nuestra actitud sea tan poco asertiva como tomar la sopa con tenedor.

Todos nosotros vivimos bajo nuestros propios puntos de vista. Equivocados o acertados, pero nuestros. Errar es con mucha frecuencia inevitable; perseverar en el error, en cambio, es algo que puede ser evitado si se trabaja sobre ello. El dolor que esa tenacidad equivocada nos provoca tiene dos efectos posibles: generarnos un permanente resentimiento, o bien permitirnos ampliar nuestra identidad al mirar desde otros puntos de vista lo que nos sucede. Todo círculo tiene infinitos puntos; ¡tenemos al menos 360 grados para ubicarnos y observar cualquier foco! Podría decirse que una persona sabia habrá llegado a serlo porque tomó a la vida como un gimnasio gracias al cual salirse de su único punto de vista para abarcar otros, múltiples puntos desde los cuales mirar la realidad.

De modo tal que, a medida que maduramos, lo esperable es que nos obstinemos menos en lo que no vale la pena, nos quedemos menos tiempo en los lugares de donde necesitamos irnos, y entremos menos seguido también a ellos (porque ya “les sentimos el olor”). ¿Llegamos a volvernos infalibles? ¡No! Pero sí lo suficientemente sensatos como para no esperar de nosotros mismos infalibilidad: ser más compasivos con nuestros errores, cuidarnos más buenamente, y estar más despiertos para advertir lo antes posible cuándo es necesario hacernos las preguntas suficientes como para no seguir tomando ninguna sopa con tenedor.

En eso estoy.


 

VirginiaVirginia Gawel, psicóloga.

Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires: www.centrotranspersonal.com.ar

 

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