El valor de los límites

Le prestaste un libro a un amigo y nunca te lo devolvió. Un amigo te visita sin que lo hayas invitado, se queda hasta cualquier hora y parece no enterarse de que tenés otras cosas que hacer. Tu amiga te llama y está una hora en el teléfono contándote todos sus problemas. Más de una vez no pudiste cobrar a tiempo por tu trabajo. Te ves arrastrado en forma reiterada a hacer cosas que en realidad no querés hacer. Tu compañero de trabajo no cumple con su parte de las tareas y recae todo sobre tus hombros. Tolerás a menudo la impuntualidad de los demás… Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos resultantes de no saber poner límites, de no haber entrenado lo suficiente el saber decir “no”.

Mahatma Gandhi dijo que la felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía. Nunca podremos lograr esa plenitud interna, si el sentimiento va hacia el Norte y actuamos moviéndonos hacia el Sur. Establecer límites claros es parte intrínseca de la tarea de actuar en coherencia con nuestro mundo interno. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto?

La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía.

Conócete a ti mismo

La Real Academia Española define al límite como una línea real o imaginaria que separa dos territorios.

No es demasiado complicado establecer límites para cosas cuantificables. En los terrenos psicológicos o emocionales la tarea de limitar se vuelve mucho más compleja. Algo está claro: si no sabemos claramente cuáles son nuestros límites y cuánto estamos dispuestos a ceder en las diferentes facetas de la vida, es obvio que no sabremos comunicarlo a los demás, explícitamente o no.

El límite no es un concepto muy apreciado ni muy cool. En general no nos gusta pensar en límites, lo evitamos debido a que padece de muchas asociaciones negativas. Sin embargo, aunque no sea a priori agradable, los límites son necesarios y positivos para nuestro crecimiento. Gracias al límite llegamos a saber cuáles son nuestras fortalezas y debilidades. Establecen un marco de referencia entre lo que queremos y podemos. Conocer los propios límites ordena nuestra vida. Nos permite tener una idea más clara de quiénes somos y beneficia ampliamente las relaciones con los demás.

Saber reconocer y establecer límites, que viene aparejado con saber decir que no, se va a ver reflejado en el  trato que los demás tienen hacia nosotros. Los límites sanos nos protegen de la agresión solapada, la mezquindad y la falta de consideración de los demás, sea esto consciente o no.

Ahora bien, hay personas con un umbral de tolerancia muy alto, que parece que nunca se molestan por nada. Lo que en realidad sucede, es que no se permiten darse cuenta cuándo sus propios límites están siendo transgredidos. Son personas que “normalizan” actitudes como la impuntualidad sistemática de otro, o que alguien lo trate permanentemente con desprecio u hostilidad o que se incumpla un trato. Son incansables justificadores del accionar de los demás: “es que tuvo una infancia muy dura”, “no sabe expresarse”, “está muy atareado”, “tiene un año difícil”, etc.

El exceso de tolerancia con mucha frecuencia oculta el miedo a no ser querido, la convicción de no ser valioso o el afán de no querer lastimar a otro con una negativa. La necesidad de ser valorados y tenidos en cuenta puede llevarnos a tener una actitud excesivamente disponible. Así, nos volvemos esclavos de los requerimientos ajenos, minando nuestra capacidad de decir que no. Para salir de este círculo, es relevante  ser conscientes de esos miedos, “dialogar” con ellos para no dejarnos empujar, empequeñeciéndonos y debilitando, todavía más, nuestros límites.

Pero aún queda algo importante en la cruzada de poner límites, y es saber cómo mantener la decisión, poder sostener el límite marcado. No es tarea fácil, ya que muchas veces la culpa hace su entrada triunfal, justo cuando creíamos haberlo logrado, poniendo en duda la decisión tomada; un constante desafío con el que se enfrentan padres, maestros y educadores, cada día. En esos momentos, recordemos lo saludable del límite y que la culpa nunca es buena consejera.

Conócete a ti mismo, el antiguo aforismo griego, nunca perdió vigencia. Volver la mirada al interior, una vez más, es la llave que abre las puertas de nuestra dignidad y del auto respeto, dos atributos clave para actuar desde el amor a uno mismo, aunque, en ocasiones, eso implique decir NO.

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