Dejar de ser mi propio obstáculo

“Soy mi propio sostén / y me lo quito”, dice con filosa contundencia el poeta Roberto Juarroz. Si en el fondo del fondo sólo puedo contar conmigo, al final de los finales, pero vivo anulando mi valor: ¿con quién contaré, a la hora de contar?


Autodescalificarse es un hábito. Un hábito mental y emocional, que deriva en un conjunto de conductas. Y, como todo hábito, puede ser cambiado. De hecho, la palabra “hábito” define un conjunto de estrategias que implementamos para habitar este extraño planeta una vez que empezamos a vivir en él. Sí, es cierto: cuando un hábito se enraiza, de alguna manera una parte primitiva del cerebro lo interpreta como “eficaz”: nos permitió sobrevivir (habitar) hasta ahora. Tan es así que algunas adicciones se sostienen en el hecho de que el cerebro interpreta que contar con aquello a lo que se es adicto es un antídoto contra la muerte: “me acompaña a vivir”. Pero, curiosamente, el “antídoto”, en ese caso, es el que puede matar.

Así, en algún momento podemos deconstruir esas conexiones cerebrales y emocionales, y, -a veces muy trabajosamente- “destejer” hábitos que nos dan una mala vida, nos hieren, nos enferman, o lastiman a otros.

Y autodescalificarse es un hábito. (Sí, sé que ya lo dije. Lo vuelvo a decir: autodescalificarse es un hábito.) Así, viéndoselo como un hábito podemos ir trabajando en deshabituarnos. El primer paso es observar cómo lo hacemos: de cuán diversas maneras “siendo nuestro propio sostén, nos lo quitamos”. Desmerecemos lo que hicimos; no sabemos cobrar por nuestro tiempo o nuestros saberes; abaratamos nuestros talentos; tememos al Ego como si fuera el cuco de la Psicología; sentimos que van a dejar de querernos todos los que nos rodean, -como si autoapreciar lo que somos no fuera a alegrar a quienes verdaderamente nos aman!-.

Así, sufrimos de un extraño mal: cuando la valoración desde afuera finalmente viene, la declinamos considerándola o un error o una exageración (“No lo menciones”… “No es tan así”… “Sí, estoy más delgada pero tengo el pelo horrible!”…) Aun ante un “Gracias” decimos “De nada”. Evadimos la asunción de esa valoración, y ¡luego tenemos anemia estimativa! Observémoslo. Y al observarlo, elijamos otra cosa. “Gracias” puede responderse como “Me da gusto haberte ayudado”. “Sos una hermosa persona” puede responderse con un “Me alegra que así lo sientas”. Encogerse nos hace tanto bien como a un pie calzar un zapato tres talles más chicos. ¿A benefició de qué o de quién?

Y algo que, en lo personal, considero sumamente importante de observar es darme cuenta de cuándo alguien (yo misma, por ejemplo) está como conduciendo con el freno de mano puesto. Así, vivimos a medias, y la pasión vital se vuelve una brasita tibia, -¡cuando lo que teníamos como materia prima era pleno fervor!-.

La gente que nos hace bien es la que no priva al mundo de sí. La que, de modo sencillo y pleno, da lo que tiene, pues da lo que es. Y disfruta del darse a sí mismo, “libre y sin cesar”, -como decía Walt Whitman-.

Conversando hace muy poco con el extraordinario músico (y humano) que es Pedro Aznar, respecto de este “manejar con el freno de mano puesto”, expresó:

“Yo creo que quien es creativo y anda con el freno de mano puesto como decís, es porque se contagió de alguna forma de la mezquindad. Porque se lo debés a los demás, no solo a vos mismo. Le debés a los demás compartir a los demás eso que se manifiesta a través tuyo. Es tu don. Y cada uno de nosotros tiene por lo menos uno. Todos los tenemos. Y tenemos muchos, pero por lo menos hay uno que sobresale, el que sea. Descubrilo. Descubrilo y ponelo a disposición, hacelo valer. Porque no es solamente para tu vida, no solamente va a llenar de maravillas tu vida, sino que va a llenar de maravillas la vida de los demás. Si todos nos dedicamos a brillar intensamente, no va a ser una batalla de egos; al contrario, vamos a ser un montón de soles que vamos a dar muchísima luz. Es lo mismo que el símbolo de Brother David multiplicando la luz de una única vela: no se apaga nadie; al contrario, todos brillamos cada vez más. Compartiéndose y dándose, se es mucho más.”

Brother David (Steindl-Rast) es un monje benedictino-zen, psicólogo, que hace un tiempo estuvo en la Patagonia argentina; entre otros bellos momentos, celebró una ceremonia en la que con una vela encendía la de cada uno de quienes estábamos allí; así, la luz se multiplicaba no sólo en la candela de cada uno, sino también en sus ojos, centelleantes en la oscuridad. Así ha de ser lo que demos: multiplicación palpitante y total. Sin freno de mano: andando.


Virginia

Virginia Gawel, psicóloga.

Directora del Centro Transpersonal de Buenos Aires: www.centrotranspersonal.com.ar

 

 

 


 

Aquí el video del encuentro de Pedro Aznar y Virginia Gawel

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