Llegar a Marruecos en Ramadán

Llegar en Ramadán a un país árabe, siendo cristiano e ignorante del mundo musulmán, es una experiencia movilizante.

La religión musulmana fue fundada por Mahoma (MOHAMED, el elegido) quien nació en el año 571 de nuestra era en La Meca. La doctrina se llama Islam: Resignación a la voluntad de Dios.

Todas sus enseñanzas están plasmadas en El Corán. Existen cinco «obligaciones fundamentales»:

  • El ejercicio de la Fe.
  • La oración diaria, cinco veces al día, descalzos y mirando en dirección a La Meca.
  • Limosna a los más necesitados.
  • Peregrinación a La Meca alguna vez en la vida.
  • Cumplir con el Ramadán.

El Ramadán se practica durante un mes al año, y consiste en un ayuno completo de alimentos y bebidas desde la salida del sol hasta que aparece la primera estrella. Obligatorio para todo el mundo a partir de los 14 años, sólo están libres de él las embarazadas, los enfermos y los viajeros. La vida se transforma.

En los aeropuertos el mundo se homogeiniza. Pero no así al pasar por las fronteras terrestres que exacerban la intensidad de lo autóctono. Al cruzar a pie, con nuestras mochilas, la frontera desde el territorio español de Ceuta hacia Marruecos, sentimos que penetrábamos en otra cultura y, como si eso fuera poco, en tiempo de Ramadán.

Nos recibió la ciudad de Tetuán, sin pinceladas turísticas que la maquillen. Nuestros pasos nos llevaron a alojarnos en un Riad de la Medina (Barrio más antiguo de la ciudad), casa antigua con varias habitaciones acondicionada para hostal, cuyo particular dueño compartía con los huéspedes las costumbres del Ramadán.

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El ayuno era estricto desde la madrugada, al caer la tarde la algarabía aumentaba, el gentío crecía y la expectativa llegaba a su clímax a las 19:45 hs. cuando el ruidoso estallido de una salva de cañón indicaba el permiso para romper el ayuno. Todas las Mezquitas de la ciudad desbordaban al unísono en mántricas oraciones de alabanza a Alá recitadas en árabe.

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Todos los huéspedes del Riad nos sentábamos alrededor de una mesa baja y comenzábamos a degustar una sopa espesa, seguida de dátiles, aceitunas, leche y confituras a base de harina y miel. Continuaba la oración en la Mezquita, vedada para los no musulmanes. A la medianoche,  la última y  sustanciosa comida del día en donde predominaba pescado, verduras y legumbres, exquisito té final y charla hasta la madrugada.

 

La ciudad se encendía de noche, sin ningún viso de inseguridad, toda la gente salía libremente de sus casas, apertura de cientos de puestos callejeros, música, algarabía y un colorido espectáculo digno de las Mil y Una Noches. La animación de las calles se mantenía hasta el amanecer, contrastando visiblemente con la calma del día.

Fuimos muy afortunados en poder vivir esta particular época del año sin habérnoslo propuesto ni programado.


 

Ana y Enrique Cerati

Matrimonio barilochense que en su grupo de facebook  MOCHILEROS  DESPUÉS  DE  LOS  50 comparte su viaje por el mundo.

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