Mirando a los ojos de un extraño: uno mismo

Ilustración: Cristhian Orta
Hay una herramienta que es la base de cualquier camino o práctica de Yoga. Nuestra profe Lalita Knutty la analiza en esta profunda nota.

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Que “el sufrimiento se origina porque tenemos una manera de ver” es algo que las grandes tradiciones espirituales no se cansan de decirnos de muchas maneras. Entender esto a fondo es aceptar que la forma de contemplar el mundo y los acontecimientos no es universal, sino que es propia de cada individuo. Se trata de una percepción que, aunque suene a paradoja, al mismo tiempo anima la ilusión –en sánscrito “maya”- de la realidad fenoménica que se percibe. Esta manera de contemplar se encuentran íntimamente ligada a todo  lo que hemos aprendido, y más tarde aprehendido, por medio de la educación y la experiencia. Cabe aquí una pregunta importante: ¿Dónde están guardadas todas esas premisas que nos hacen ver las cosas de una u otra forma? El Yoga nos responde: en la mente.

La gran pegatina

Swami Sivananda, un gran Maestro indio, explica que la mente es una sustancia extremadamente pegajosa; no sólo eso: es el pegamento más poderoso que existe. Se pega o “apega” a todo: a los estímulos externos, al pensamiento y creencias colectivas, a la materia, a nuestros “logros”, a nuestro rol en el mundo, a los conceptos que tenemos de nosotros mismos, etc.

Cuando la sustancia mental está adherida a tantas ideas, es imposible trabajar en ella. Limpiar algo tan pegajoso requiere un trabajo activo y minucioso; imaginate: algo adherido a todo, lleno de miedos, aversiones, gustos, desordenado y además condicionado por la propia historia archivada en el inconsciente. Creo que es un trabajo para toda la vida o quizás sea “el” trabajo de la vida. Ya que, nos demos cuenta o no,  nuestra mente –desordenada o atenta- es poderosa y crea la visión que tenemos del mundo en base a su calidad.

La mente es el pegamento más poderoso que existe. Se pega o “apega” a todo: a los estímulos externos, a las creencias colectivas, a la materia, a nuestros “logros”, a nuestro rol en el mundo y a los conceptos que tenemos de nosotros mismos.

El yoga pone mucho énfasis en considerar al subconsciente al momento de trabajar con la mente. Se dice que el yogui debe ganarle terreno al subconsciente ya que allí se generan las tendencias -vasanas en sánscrito- y propensiones ciegas y mecánicas que determinan el rumbo de nuestra vida.

“Comencemos”, te decís a vos mientras te arremangas dispuesto a iniciar la tarea de limpiar tu cabeza. Ahí te quedás sin saber muy bien qué es lo que hay que hacer ni por donde empezar. A priori, una vez que estamos determinados a ‘despegarnos los apegos’ nos parece imposible, es tratar de acomodar  “algo” que no sabemos dónde está, cómo manipularlo, ni tampoco podemos definir claramente qué es.

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¡Que no cunda el pánico! la clave, nos dice el Yoga, la encontramos en el desarrollo del elemento vigil: la auto-observación, un elemento imprescindible para el practicante. Mirarse a uno mismo es como iluminar una habitación oscura. Aunque la luz sea muy tenue, de a poco comenzamos a ver lo que se ocultaba en el manto negro de la oscuridad y entonces dejamos de suponer o imaginar: por primera vez tenemos ciertas certezas.

La auto-observación es mirarse cara a cara a uno mismo y llevar a la conciencia lo que permanecía oculto. Al principio nos volvemos capaces de ver las conductas que repetimos una y otra vez. Con un poco más de entrenamiento aprendemos a escuchar las palabras que lanzamos al universo, las palabras con las que nos dirigimos a otros y, ¡atención!, las que usamos para definirnos a nosotros mismos. Entrenarse en escuchar lo que decimos y nos decimos desanda  gran parte del camino ya que de la mano de la palabra van los pensamientos, la semilla de todo: la dicha o la miseria.

La auto-observación es mirarse cara a cara a uno mismo y llevar a la conciencia lo que permanecía oculto.

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Estamos de acuerdo: la observación inafectada es el punto de partida. Ahora bien, ¿Cómo puede uno observarse sin antes haber acallado las voces que suenan al unísono en la cabeza?. Creo que esta es la gran dificultad a la que nos enfrentamos nuestros tiempos, hallar silencio –fuera y dentro- es uno de los escollos más complejos de sortear. Cuando tratamos de calmar superficie de la mente, ese enjambre de ideas repetitivas, anárquicas, inconexas y pegoteadas, los pensamientos  aparecen con fuerza redoblada. Cada una de estas ideas es como una piedra lanzada a un gran espejo de agua: la caída lo perturba, lo “mueve”, hace que fluctúe la superficie mental.

Abhyasa, como lo llama Patañjali, es el esfuerzo mantenido y es lo que nos permite unificar cuerpo, mente y espíritu.

El yoga es un camino práctico y requiere de un tipo de disciplina y perseverancia distinto al concepto de disciplina que surge en la mayoría de nosotros al reflexionar en ello. Hablamos de una disciplina vestida de entusiasmo, de una perseverancia mezclada con alegría. Lo mismo da si trabajamos con el cuerpo físico o mental (sí, los yoguis consideran que la mente es un cuerpo), debemos acudir a la conciencia testigo cada vez que la atención se escape al quedar adherida algún pensamiento. Abhyasa, como lo llama Patañjali, es el esfuerzo mantenido y es lo que nos permite unificar cuerpo, mente y espíritu.

Volverse Uno

Unificar nuestras fuerzas dispersas es similar a reunir todos los rayos del sol con una lupa. Los rayos del sol cuando están dispersos no tienen tanta fuerza como cuando se reúnen: juntos pueden iniciar un incendio. Nosotros también  necesitamos de una “lupa”, alguna forma de evitar que cuerpo y mente continúen con sus movimientos errantes, con los rayos dispersos. El Yoga nos ofrece varios senderos para lograr concentrarnos -volver al centro-, pero a la vez nos pide desarrollar el conocimiento de quienes somos para advertir cuál de esos es el camino adecuado.  La base de todos ellos es la misma: fijar la atención. El Bhakti Yoguis lo hacen en el objeto de adoración, lo Divino. El Karma Yogui en la acción en sí misma. El Hatha Yogui en sus propias sensaciones y vivencias a través del cuerpo físico, etc.

El Yoga nos ofrece varios senderos para lograr concentrarnos -volver al centro-, pero a la vez nos pide desarrollar el conocimiento de quienes somos para advertir cuál de esos es el camino adecuado.

Con trabajo, gradualmente este punto de atención utilizado también es trascendido. Y se unifica quien percibe, lo percibido y el acto de la percepción. Si tuviera que darle un nombre a esta unificación sería ahora. Habitar el Ahora no es una cosa menor, aunque hoy en día se repita (mecánicamente) la importancia de vivir el presente.

Ahora, se renueva constantemente, es fresco, lleno de luz y de vida. Ahora es PODER. En el ahora no hay mecanicidad ni repetición. Está lleno de posibilidades, es infinito. En el ahora no hay nada, es muy cercano al vacío. Sin embargo lo es todo al mismo tiempo. La experiencia enstática  es posible solo AHORA. La plena felicidad es posible, AHORA.

Lalita Knutty

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Información del Autor

Profesora de Yoga. Emprendedora y entusiasta. Con gran inclinación al estudio integral del ser humano. Lalita cree en el poder transformador que todos llevamos dentro, en los proyectos con corazón y en una vida plena y coherente. Su misión, transmitirlo.