Mindfulness, el legado de Buda

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¿Cuál es el estado natural de la mente? ¿Cuál es el estado psicológico en el que nos encontramos la mayor parte del tiempo?

Hacé la prueba. Tratá de descubrir detrás de qué cosa está tu atención en este instante.

A muchas personas, responder estas preguntas les resulta demasiado forzoso, sino imposible. Probablemente se deba a que, para poder contestar, debemos tener desarrollada una habilidad: la de observar, observar de un modo especial. De eso se trata mindfulness:  un modo despabilado de vivir y de ver cada acontecimiento de la vida.

La mente ordinaria

Aunque hay muchos puntos disímiles en las filosofías de las antiguas culturas y religiones, existe un punto común: podemos  distinguir, al menos a grandes rasgos, dos niveles de conciencia en nuestro estado mental. Uno de ellos es la mente ordinaria, una cualidad que adopta diferentes nombres de acuerdo a las diferentes cosmovisiones. Los budistas se refieren a Dukkha; los hindúes hablan de Maya: una especie de velo ilusorio que impide ver la realidad que lo subyace; mientras que en América, los Toltecas se refieren a lo mismo con el término mitote.

Si ponemos el pensamiento bajo el lente de un microscopio, podremos observar que tiene ciertas características típicas: parece no detenerse, ni aún en sueños;  aparenta ser incontrolable; siempre está rebotando entre el pasado y el futuro; gasta enorme cantidad de energía resistiéndose a los acontecimientos tal como son;  es temeroso y se dedica a buscar soluciones para prevenir desgracias posibles (aunque improbables); se dedica a fantasear proyectando ideas y escenas posibles; es repetitivo, mecánico, comparativo y condenatorio. Ramiro Calle lo expresa maravillosamente: “Una mente así ni siquiera puede cooperar provechosamente. Es una mente que se debate en su propia zozobra. Tal es la mente propia de la mayoría de los seres humanos. Una mente en desorden, sin frescura, sin inocencia, sin vitalidad. Una mente así crea desamor, hostilidad, confusión sobre la confusión y ansiedad sobre la ansiedad. Asentada sobre sus condicionamientos limitadores, salpicada de contaminaciones, estrecha por hábitos coagulados, llena de obstrucciones. Una mente tal carece de claridad, de apertura, de provechosa creatividad. Los enfoques que se derivan de una mente en tales condiciones tienen que ser forzosamente erróneos y perjudiciales. Este tipo de mente es nocivo para uno mismo y para los demás, genera violencia sin límite, y desde luego, es inservible para la real búsqueda interior y la evolución consciente».

Hace miles de años, ayer y hoy, al hombre lo aqueja el mismo mal: nos resulta muy difícil dejar de identificarnos con la voz dentro de nuestra cabeza. Este pensamiento descontrolado y disfuncional es la base del sufrimiento humano. Llegamos a creer que “somos” esa insistente voz que habla en la cabeza. Cabría hacerse la siguiente pregunta para salir de esta encrucijada: ¿el que escucha la voz y la voz que habla son la misma entidad? Si prestamos atención nos daremos cuenta de que la parte de uno que es consciente del parloteo mental es bien distinta de la voz incesante.

Romper el espejo

Hablamos de dos posibles niveles de conciencia en el estado psicológico de las personas y describimos uno de ellos, el estado ordinario. Hay otro rasgo, otra parte de la mente con cualidades diferentes, que tiene la capacidad intrínseca de estar en plena conciencia, en plena presencia en momentos determinados. Esa otra cualidad mental pone en línea, acomoda, las tres esferas principales del ser humano: cuerpo, mente y espíritu. ¿Cómo acceder a ella?

Mindfulness es una técnica antiquísima basada en la meditación vipassana, que se remonta a los tiempos de Buda (563 a.C). La populariza en occidente, hace un poco más de tres décadas, el Dr. Jon Kabat-Zinn y es actualmente una herramienta muy utilizada en Psicología Clínica.

Mindfulness significa atención plena y su práctica se basa en estar conscientes plenamente y tomar cada experiencia sin emitir juicios de valor. Mindfulness pone énfasis en legitimar la experiencia propia y personal como fuente válida de conocimiento.

La práctica de mindfulness genera una separación entre los estímulos (externos e internos) y las respuestas, creando entre ambos un tiempo y un espacio para responder más adecuadamente, aportando con ello cierta libertad.

Dicho lo anterior, queda en evidencia que la práctica de mindfulness no tiene como objetivo la relajación o la calma, aunque sin duda, estos son resultados muy posibles.  Mindfulness pretende conocer cómo es el funcionamiento la mente y cómo este habilita o no el sentimiento de paz.

No hablamos entonces de una manera elegante de eludir la realidad, como piensan algunos; al contrario, su objetivo es poder ver la realidad tal como es, borrando el tinte de nuestra confusión mental. Consiste básicamente en regresar, una y otra vez, a la experiencia más inmediata de la realidad del momento presente, de manera amable y sin juicio.

Se busca simplificar la experiencia al máximo; reducir los estímulos externos al punto de “simplemente estar” en una situación donde “no ocurre nada” en particular. En ella nos encontramos al desnudo solos con nuestra propia mente. Todas las fantasías que habíamos edificado se esfuman poniendo de manifiesto que eran el reflejo de una mente abatida y confusa.

Paso a paso

Veamos detenidamente las instrucciones a seguir para realizar un ejercicio básico representativo de mindfulness, propuesto por Kabat-Zinn:

1. Adoptá una postura cómoda, acostado de espaldas o sentado. Si optás por sentarte, mantené la columna recta.
2. Cerrá los ojos.
3. Fijá la atención en el abdomen y sentí cómo sube y se expande al inspirar, y desciende al exhalar.
4. Mantené la concentración en la respiración, “estando ahí”, en cada inspiración y espiración completas, como surfeando sobre las olas de nuestra respiración.
5. Cada vez que te des cuenta de que tu mente se ha alejado de la respiración, tomá nota de qué es lo que la apartó y volvé a llevarla al acto de respirar.
6. Si tu mente se aleja mil veces de la respiración, tu “tarea” será sencillamente volver a la respiración mil y una vez.
7. Practicá este ejercicio durante quince minutos todos los días, en el momento que más te convenga.

La ciencia ya comprobó que sólo quince minutos de práctica minutos cada día, produce cambios significativos en la calidad de vida.

Hay una máxima que dice que un gramo de práctica vale más que toneladas de teoría, no te quedes en las palabras, ¡hacé la prueba!

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