Inteligencia…¿abdominal?

Si prestáramos más atención a lo que decimos, a las palabras que empleamos para expresarnos, no solamente podríamos introducir cambios en el transcurrir de nuestra vida. Tendríamos, además, información acerca de nuestras creencias, esas pautas que damos por supuestas y rigen nuestro  destino. Pero eso no es todo, las palabras, en muchas ocasiones, nos brindan información de lo que sucede en nuestro cuerpo y, si aprendemos a escucharnos, tendremos varias pistas que nos lleven a comprender como funciona el cuerpo que habitamos.

Frases como “no lo trago”, “tengo mariposas en la panza”, “siento un odio visceral”, “se me cerró el estómago” o “esta situación me da ganas de vomitar”, ponen de manifiesto una verdad que culturas con milenios de antigüedad, de las más distantes latitudes, aseveraban. Egipcios, galenos, chinos, hindúes y japoneses intuían que en  el abdomen reside un centro que gobierna, total o parcialmente, funciones físicas y psíquicas. En el abdomen tenemos otro cerebro.

El otro cerebro

A la ciencia occidental le llevó bastante tiempo llegar a las mismas conclusiones que los antiguos. Recién en 1907 Elías Metchnikoff , un científico ruso, postuló en su libro “La prolongación de la vida” que del buen funcionamiento intestinal, que en parte se debe a la existencia de la flora bacteriana, depende la salud general y la calidad de vida.

Resulta que el sistema digestivo es algo mucho más complejo que una simple tubería por donde pasa el alimento. Estamos hablando en un centro inteligente. En los intestinos reside el sistema nervioso entérico, una red neuronal formada por 100 millones de neuronas que se distribuyen en las capas que constituyen el esófago, estómago, intestino delgado y colon. Además de tener un papel fundamental en la inmunidad, el sistema nervioso entérico tiene la compleja tarea de asimilar el alimento sin contar para ello con la participación del cerebro del cráneo.

Ilustración|Cristhian Orta

A medida que se avanzaba en el estudio de la neurogastroenterolgía, lo que más sorprendió a los científicos, fue el descubrimiento de que el llamado cerebro abdominal, influye directamente en la vida emocional, el carácter y el ritmo de sueño. ¿Cómo lo hace? En el aparato digestivo se generan los mismos neurotransmisores que en el cerebro. Incluso el 95% de la serotonina, conocida como la hormona del bienestar, se produce en al cerebro abdominal. Si bien la información entre el cerebro craneano y el sistema nervioso entérico fluye en ambas direcciones, el cerebro abdominal influye de manera más determinante en el cerebro de arriba, que al revés. “El sistema nervioso entérico desempeña un papel importante en la felicidad y la miseria humana, aunque poca gente sepa que lo tiene y de qué se trata», dice Michael Gershon, autor del libro “El segundo cerebro”

El sistema nervioso entérico desempeña un papel importante en la felicidad y la miseria humana, aunque poca gente sepa que lo tiene y de qué se trata.

Para evitar confusiones, es necesario aclarar que el segundo cerebro no es el responsable de los pensamientos conscientes ni el lugar donde se genera la toma de decisiones, aunque sí influyen a estas.

Poniendo el cerebro intestinal a tu favor

Cambiar hábitos alimentarios no siempre resulta sencillo. Modificar un hábito requiere conocimiento,  atención consciente, decisión firme y perseverancia. Si contás con estos 4 ingredientes, te invitamos a leer las siguientes sugerencias para estimular tu segundo cerebro:

  • Realizar ayunos es como resetear el cuerpo. Le das descanso y tiempo al sistema digestivo para eliminar desechos. Infinidad de enfermedades y dolencias se deben a que estamos sobrealimentados.
  • Mejorar la dieta optando por alimentos frescos, sin enlatar y sin conservantes.
  • El ejercicio físico regular es un excelente estimulador de la función intestinal. Así como leer y estudiar mantiene joven al cerebro craneal, el ejercicio vivifica las neuronas de las entrañas.
  • Las neuronas digestivas también se estimulan con determinadas técnicas de respiración, masajes y aplicando calor en el abdomen.

Ahora ya sabés, ¡si querés que tu mente funcione mejor, prestá atención a qué combustible le das a tu cerebro abdominal!

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