Nostalgia de invierno calando los huesos

Son días helados, de viento frío y cielos con nubarrones. Está claro que el sol y el calor, nos han dejado un tanto abandonados. Sabemos que en algún lugar están, lejos, pero están. Y van a volver. El calor o esos seres que supimos amar en un tiempo pasado mejor. Porque todo tiempo pasado fue mejor.

Son días tan fríos que llegan a helar el alma. Nos dejan sin mueca, anonadados, interrumpidos en el sendero de los sueños, como esperando que vaya a pasar algo que no va a pasar. Así, estáticos, patitiesos. No muertos, pero tampoco realmente vivos.

Son días tan pero tan fríos que en el fondo dudamos del calor interno, el de los cuerpos. No sabemos dónde buscarlo, quizá por eso tardamos tanto en encontrarlo. Y en esa especie de búsqueda poco clara, ahí nos dejamos cubrir por el manto gris de la nostalgia. Dejamos de abrazarnos, dejamos de mirarnos, nos encerramos en nuestros propios miedos, en los recuerdos de los recuerdos. Lejanos, perdidos, olvidados ya.

Son mañanas, tardes y noches tan heladas que está a la vista nuestra poca fe en que habrá un verano luego. Nos olvidamos de él. Ya no recordamos cómo era el sol entrando por la ventana, o la transpiración al caminar unas cuadras. Ya casi no recordamos.

Son días tan pero tan fríos, querido, que me cuesta sonreír. Este duro invierno ha calado hondo en mí. No me sueltes, no me dejes, es ahora cuando el abrazo que estás guardando en ese bolsillo puede salvarnos, puede recordarnos, recordarme, recordarte, reencontrarnos.

Florencia Guiot

 

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